Humanismo, pandemia por COVID 19 y renta básica incondicional

Derechos Humanos 09 de abril de 2020 Por Informativos
Nuestra política, nuestra economía, nuestra sociedad y nuestra forma de vida ya no pueden volver a ser las mismas. En el momento en que alguien habla de “cuando volvamos a la normalidad”, inmediatamente se le responde que no queremos volver a esa “normalidad”.
pobreza y renta basica

La pandemia desatada por el Covid19, con todo lo terrible y perturbadora que nos parece, lo único que ha hecho ha sido poner de manifiesto, de manera muy clara e imposible de no ver, las enormes contradicciones de este sistema: el pensamiento neoliberal, que prioriza el lucro de las grandes corporaciones, bancos e inversores sobre el bien común y los servicios públicos, nos ha dejado una sanidad mermada que, a duras penas, ha podido afrontar la epidemia; la política de los países, guiada por sus intereses nacionales, ha traído la descoordinación en los esfuerzos internacionales para combatir la crisis y las guerras abiertas para conseguir equipamiento médico para el propio país, olvidando que si queda un solo lugar en el globo donde perviva el virus, todos vamos a estar en peligro otra vez; y la forma de vida individualista y egoísta que se ha extendido por todo el orbe se ha manifestado en la acumulación, los comportamientos incívicos y la búsqueda del beneficio personal, aprovechando la desgracia general.

Es cierto que también se han dado comportamientos generosos y altruistas de un gran número de personas, pero la respuesta general de nuestro mundo a la pandemia ha sido caótica, improvisada y amenazando con el riesgo de dejar a un grandísimo porcentaje de la población abandonada a su suerte. 

Muchas personas han hecho ver que, después de esto, nuestra política, nuestra economía, nuestra sociedad y nuestra forma de vida ya no pueden volver a ser las mismas. En el momento en que alguien habla de “cuando volvamos a la normalidad”, inmediatamente se le responde que no queremos volver a esa “normalidad”.

Muchas cosas tienen que cambiar, hay que poner al ser humano, a lo común de todos, a la comunidad y al Planeta, como máximos valores que rijan nuestro hacer después de la crisis, porque será la mejor manera de afrontar otros peligros que puedan sobrevenir, además de humanizar nuestra vida. 

En estos días, sorprendiendo a propios y extraños, tanto medios de comunicación como políticos favorables al pensamiento neoliberal han llamado la atención sobre la necesidad imperiosa de otorgar una renta básica a toda la población, sin ninguna condición, por lo menos durante el tiempo que dure la crisis.

El equipo de redacción del Financial Times decía el otro día que “…la redistribución debe situarse en la agenda; los privilegios de los más ricos deben ponerse en cuestión. Políticas hasta ahora consideradas excéntricas, como la renta básica o la imposición sobre la riqueza deben empezar a considerarse”. Y políticos de la derecha española se han manifestado también a favor de la implantación temporal de una renta básica incondicional. Es obvio que no podemos ver en ello consideraciones de tipo ético o altruista, sólo tratan de proteger el sistema -que tantos beneficios les proporciona- de un más que posible desborde social ante una pobreza generalizada.

Pero, en cualquier caso, ello habla de que la gobernanza global se da cuenta de que es necesario introducir cambios. Los poderosos querrán que estos cambios no sean de fondo, evidentemente, para continuar manteniendo sus privilegios. Pero de nosotros, la sociedad en general, depende que nuestra vida futura sea más más justa, más equitativa y más acorde con las necesidades humanas de todo tipo. 

Hay mucha gente que está reclamando en estos tiempos una “renta básica de cuarentena”. Pero nosotros, aunque reconocemos la urgencia del momento actual, queremos que esa renta básica universal e incondicional (RBUI) sea permanente, porque la crisis económica viene de atrás (por lo menos, desde 2008) y va a continuar y a empeorarse en el futuro, ya que la tendencia general del sistema está llevando a prescindir de la mano de obra humana, o a precarizarla extraordinariamente, debido a la política de maximización de beneficios y reducción de costes por parte de las grandes corporaciones, pero también causado por la automatización creciente que impone la revolución tecnológica y cuyos beneficios se concentrarán en cada vez menos manos. 

Es preciso tener en cuenta, sin embargo, que la renta básica incondicional no puede ser una medida aislada. Debe inscribirse en el marco de un sistema de justicia social avanzada, en el que todas las personas tendrían su alimentación, vestido y comunicaciones cubiertas gracias a la RBUI, pero también gozarían de una vivienda, salud, educación y pensión de vejez garantizadas por la comunidad o estado.

Y en esa sociedad adecuada a las necesidades del ser humano, habría que poner en marcha una banca pública sin interés, que apoyara el desarrollo de los negocios de los autónomos y las empresas y no que les asfixiara como ahora. Todo ello inscrito en una democracia real, en la que cualquier decisión política fuera sometida, a través de referéndums muy fáciles de implementar gracias a la tecnología de comunicaciones, a la aprobación de la población. Y, por supuesto, todo lo que hiciéramos debería contribuir a la preservación de la vida en el Planeta, porque sin él, no somos nada. 

¿Y qué papel nos toca jugar a cada persona en este gran cambio que necesitamos acometer?

Deberíamos preguntarnos si queremos seguir viviendo y en qué condiciones hacerlo, replantearnos si la dirección de vida que llevamos es la que realmente deseamos o no y empezar a buscar la coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Y buscar también la coherencia entre el trato que pedimos a los demás y el que estamos dispuestos a darles. Ya no podemos mirar para otro lado y pretender que lo que ocurre no nos atañe.

Si no actuamos ahora con determinación, los próximos perjudicados por la degradación social y medioambiental seremos nosotros.

Son momentos en los que hay que apostar decididamente por la humanización de nuestras sociedades y vidas personales, por la felicidad creciente y por la convivencia armónica de todos y todas, en dirección hacia una Nación Humana Universal donde imperen la justicia y la hermandad. 

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